Aunque estudió la carrera de Artes Visuales en Saltillo, fue en las banquetas donde Oswaldo Luévano descubrió el oficio de la joyería rústica de manera fortuita.
Hace ya 19 años que empezó a investigar y a experimentar con diversos materiales como las piedras semipreciosas (el ámbar o el jade), el hueso o el hilo pavoneado, mismos que engarza a mano con pinzas y martillo. Esta pasión lo llevó a viajar por varias ciudades del país al mismo tiempo que ofrecía sus productos en las plazas públicas, sopesando toda clase de inclemencias.
Hace muy poco tiempo que además maneja la plata, la alpaca y el alambre, y que su trabajo empezó a ser reconocido en La Laguna y en México con la marca Narbuka, gracias a que imprime en cada obra su innegable creatividad y buen gusto.
Para el artesano, su labor y aprendizaje es un oficio de 24 horas y sin descansos, pues su búsqueda de nuevos estilos es constante. Y en este punto, Luévano se da el lujo de complementar la carrera como joyero con la de maestro (dirige su propio taller de joyería) y con la de profesional del pincel, pues considera que necesita llevar un equilibrio entre sus pasiones para sentirse pleno y totalmente satisfecho.
"El reconocimiento, poco o mucho, se debe a los propios artesanos, a su constancia, y al esfuerzo que cada uno pone en difundir lo que hace. Ojalá que eso lo entendieran mis compañeros porque en La Laguna hay trabajos muy interesantes y del más alto nivel", reflexiona.
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